Parece que los partidos sólo los ganan los que juegan de medio campo hacia arriba. Y no es así. No voy a menospreciar los goles de El Príncipe de Asturias, porque es una de las piezas clave de que La Roja esté en semifinales. Siempre con la caña preparada en caña de gol para que la bola bese la red.
Pero hay un hombre que seguro a pasado malos días allá en Sudáfrica. Se ha cuestionado su titularidad. Se le ha acusado de un mal de amores que podría tenerle desorientado. Se ha olvidado que es el capitán que levanto al cielo del Prater la Eurocopa. Porque somos así de injustos.
Antes de que se lanzara el penalty le he dicho a una amiga, una de las 20 personas con las que he visto estos cuartos, que el paraguayo no la metía. Que el balón iría a la derecha del lanzador, abajo. Igual que lo he visto yo, que no soy absolutamente nadie, lo ha visto Reina que ha advertido a Iker. Y éste, sin temblarle una pestaña, se ha sacado una parada para la historia.
Sólo espero que no se vuelva a dudar del número 1. De aquel que lo da todo y que, habiendo sido siempre correcto con la prensa, no entiende por qué esta campaña hablando de su vida personal. A los que nos interesa el juego y no las parejas de los 23 selccionados, nos jode que se intente polemizar de una manera tan sucia.
Un recado a aquellos que acusaron a Sara de ser la culpable de la derrota contra Suiza: ¿estamos en semifinales gracias a ella? A las duras y a las maduras. No se puede esconder la mano tras tirar la piedra.
España sigue sin maravillar. Pero en el deporte, no sólo cuenta el virtuosismo. Hay que saber sufrir. Un 1-0 es suficiente para jugar, por primera vez en la historia, una semifinal (aunque España ya fue cuarta en Brasil 50, así que mínimo se igualará la mejor clasificación de nuestra vida).
Echemos la vista atrás, al 2008. España se clasificó para el penúltimo asalto en los penaltis contra Italia. Y, cómo dice don Vicente "¿Por qué no vamos a ganar a Alemania?". Estamos vivos. ¡Podemos! Y con el capitán que luce el brazalete con galones, todo es más creible.
A dos partidos de la gloria...
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