Uruguay es un país chiquitito cuyas costas están bañadas, amén del gigante Atlántico, por el Río de la Plata. Tiene una población discreta, de unos tres millones y medio de habitantes. Y en extensión terriotirial es el segundo más pequeño del continente latinoamericano, sólo por delante de Surinam. Pero lo que es enorme, lo que es verdaderamente de dimensiones gigantes, es la pasión con la que viven el fútbol.
Tras haber hecho aquella dichosa tesina en Prensa deportiva latinoamericana, siento un no sé qué en el corazón cuando juega una selección hermana del otro lado del charco. Y en el caso de los charrúas, por las atenciones y las largas charlas con mi colega Martín Bachs, de la Web deportiva uruguaya, esa emoción se multiplica hasta alcanzar el mismo cariño que le tengo a la argentina.
Ir leyendo en Facebook los comentarios en esa Web deportiva uruguaya, cómo la gente se ha echado a las calles para festejar con cánticos y sin vuvuzelas el triunfo ante Corea que sellaba el pase a unos cuartos de final 44 años después (no lo lograba desde Inglaterra 66), me provoca una emoción inmensa. Quizás porque recuerdo aquel verano del 2008 cuando estaba en medio de La Castellana escuchando el sonar de los claxones incesantes, las banderas de España al viento y la gente llorando de emoción. Una emoción que habíamos contenido exactamente 44 años...Como ellos hoy.
Si Madrid y Barcelona mantienen sus piques por cuántos títulos más de no sé qué cosa han obtenido unos y otros, no puedo por menos recordar que ese diminuto país por su extensión territorial, pero tremendo por lo que le ha dado al fútbol, tiene en su haber dos Copas del Mundo: aquella que dio el pistoletazo de salida a este evento, la de 1930; y esa otra tras el Maracanazo, en Brasil 1950.
Sólo quería dar la enhorabuena a todos los uruguayos por tener un plantel como esos en los que sueñan jugar los chavales cuando gambetean en los potreros. Grande Tabárez. Grande charrúas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario