Porque a eso no nos gana ni Dios. Somos los reyes de las victorias antes de disputar la batalla. Y así nos pegamos los batacazos sentimentales que nos pegamos.
Ni antes teníamos ya la Copa del Mundo en las manos, ni ahora somos una panda de colegas que corren detrás de la bola. Vamos, que ni tanto ni tan calvo. O como ya dijo aquel sabio griego, Aristóteles (¿quién si no?), la virtud está en el término medio.
Los españoles somos personas con raza. Con aquello que se llama furia. Acostumbrados a hacer cuentas de la lechera cada cita europea o mundialista, si acabamos con déficit en las arcas, nos llevamos las manos a la cabeza.
Nada de fatalismo. España jugó como siempre: toque, toque y toque. Pero en el fútbol juegan dos equipos y consiste en meter más veces la bola en el arco que tu oponente. Y hoy ellos marcaron una más.
¿Estamos ya acabados? Para nada. Más se perdió en Cuba y volvieron cantando. Por lo visto hasta ahora, todos los grandes (sálvese Alemania), salieron timoratos. Eso sí, somos los únicos que nos quedamos con un 0 en el casillero de puntos. ¿Y?
Pues a levantar la cabeza. O como dice mi amigo Carlos: "estáis alicaidos porque no soís del Betis y no estáis acostumbrados a sufrir".
Yo le sigo teniendo fe a esta selección. La cura de humildad no es para Los ángeles de Vicente. Es para una prensa deportiva cada vez más sensacionalista y para un pueblo llano que se deja llevar por la euforia de los plumillas.
No lo olviden señores: ¡Podemos!
Eso sí, no puedo evitar sentir una cierta debilidad por ese D10S del fútbol trajeado: la pelota no se mancha, ni cuando acaba rompiéndose contra el travesaño y no le da la gana de besar la red.
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